Andaba en un mundo ciego, caminando a ciegas desde la oscuridad. Me escondía tras las rocas porque era cobarde, consumido por las sombras y el dolor del naufragio.
Pero cuando perdí todo y el vacío amenazaba con devorarme, descubrí el verdadero sentido de la resistencia. La verdadera disciplina no es un acto de fuerza, sino de amor propio; nace en el silencio de cada «no» que le dices a la tentación, transformando el dolor de nuestras caídas en el cimiento inquebrantable de nuestra nueva vida.
«Al transformar mi propia vida, descubrí la fuerza para iluminar el camino de los demás.»
Hoy sigo creciendo y luchando por mis objetivos, pero entiendo que no hay que esperar a llegar a la meta para inspirar; debemos comenzar con lo que tenemos, usando el capital humano, la inteligencia y la destreza que llevamos dentro.
No me paralicé por el miedo, lo vencí, me planté frente a esos gigantes y seguí adelante sin temor porque, si estoy con Dios, ¿quién contra mí?
Cuando lo perdí todo entendí que el vacío no es el final, sino el punto de partida.
Un acto de amor propio que nace en el silencio de cada «no» a la tentación.
Comenzar con lo que tenemos: capital humano, inteligencia y destreza.
Transformar la propia vida para iluminar el camino de los demás.